La peligrosa certeza de creer que tenemos la verdad

La Verdad Absoluta: una idea más frágil de lo que creemos

Hablamos de la verdad como si fuera algo obvio. La mencionamos a diario, la defendemos, la exigimos y, en muchos casos, la usamos como argumento final. “Esa es la verdad”, decimos, como si con esa frase todo quedara resuelto. Pero rara vez nos detenemos a pensar qué significa realmente.

¿Es la verdad un hecho comprobable, una creencia compartida o algo que cada persona construye a partir de su experiencia? ¿Existe una sola verdad válida para todos o múltiples verdades que dependen del punto desde el que se observan las cosas? La idea de una verdad absoluta resulta atractiva porque ofrece seguridad, orden y respuestas claras, pero también plantea preguntas incómodas cuando se la examina con más atención.

Tal vez el problema no sea la verdad en sí, sino nuestra necesidad de poseerla. De aferrarnos a ella como si fuera inamovible, sin considerar que el contexto, el tiempo y la perspectiva influyen más de lo que solemos admitir. Cuestionar la verdad no implica negarla, sino reconocer que su significado puede ser más complejo de lo que aparenta.

A partir de esta reflexión, vale la pena detenerse y preguntarse: ¿qué es realmente la verdad?, ¿existe algo así como una verdad absoluta?, o ¿solo nos movemos entre interpretaciones que creemos firmes hasta que algo las pone en duda?

Imagen simbólica que representa la duda, la percepción y la búsqueda de la verdad.

¿Qué solemos llamar “verdad”?

En la vida cotidiana usamos la palabra verdad con mucha ligereza. Decimos que algo es verdadero cuando coincide con lo que vimos, escuchamos o aprendimos, pero pocas veces nos preguntamos desde qué lugar estamos afirmándolo. Para algunos, la verdad es un hecho comprobable; para otros, es aquello que encaja con sus creencias o con la forma en que entienden el mundo.

Muchas veces llamamos verdad a lo que hemos repetido durante años, a lo que aprendimos en casa, en la escuela o en nuestra cultura. No porque lo hayamos cuestionado a fondo, sino porque siempre estuvo ahí. En ese sentido, la verdad puede convertirse en costumbre, en una idea que aceptamos sin resistencia simplemente porque nunca se nos ocurrió mirarla desde otro ángulo.

También está la verdad como certeza personal. Aquella que nace de la experiencia propia y que se siente incuestionable precisamente porque fue vivida. Pero incluso esa verdad, tan íntima y convincente, puede no coincidir con la de otra persona que atravesó una experiencia distinta.

Así, cuando hablamos de “la verdad”, rara vez nos referimos a una sola cosa. A veces hablamos de hechos, otras de creencias, y muchas veces de interpretaciones. El problema surge cuando olvidamos esa diferencia y damos por sentado que lo que consideramos verdadero debe serlo también para los demás.

La idea de la verdad absoluta

La verdad absoluta se define como una idea o principio que es universalmente válido, independiente del contexto, la interpretación o la percepción individual. Una verdad que es válida independientemente de quién la observe, la crea o la cuestione. En ese sentido, existen situaciones en las que el concepto parece funcionar sin demasiadas complicaciones.

Cuando la verdad parece no tener alternativa

Hay afirmaciones que difícilmente pueden ponerse en duda sin caer en la negación de la realidad misma. Por ejemplo, el nombre de una persona es un dato verificable: puede gustar o no, pero es el que es. De la misma manera, el resultado final de un partido de fútbol queda registrado y no depende de opiniones; el marcador ocurrió y forma parte de un hecho concreto. Incluso eventos tan cotidianos como la salida del sol cada mañana responden a procesos que no cambian según la percepción individual.

En estos casos, la verdad parece sólida, objetiva y compartida. No importa lo que alguien crea o piense al respecto: el hecho existe. Son ejemplos donde hablar de una verdad absoluta resulta comprensible, porque no hay otra versión válida del mismo acontecimiento.

Cuando la verdad deja de ser absoluta

La situación cambia cuando entramos en terrenos donde la experiencia y la interpretación tienen un peso mayor que el hecho en sí. Por ejemplo, una decisión puede considerarse correcta por quien la tomó y equivocada por quien sufrió sus consecuencias. Un mismo acontecimiento histórico puede ser visto como un acto heroico desde una perspectiva y como una injusticia desde otra.

También ocurre en lo cotidiano. Para alguien, una crítica puede ser una opinión constructiva; para otra persona, puede vivirse como un ataque. Una relación puede haber sido “buena” para uno y “dañina” para el otro. Incluso un recuerdo compartido puede variar según quién lo cuente, no porque alguien mienta, sino porque cada quien lo experimentó desde un lugar distinto.

En estos casos, la verdad ya no depende únicamente de lo que ocurrió, sino de cómo se interpreta. Influyen las emociones, la experiencia previa, el contexto y las expectativas. Aquí, hablar de una verdad absoluta se vuelve problemático, porque no existe una sola forma de entender lo sucedido sin dejar fuera otras perspectivas igualmente válidas.

¿Existe realmente una verdad absoluta?

La pregunta sobre la existencia de una verdad absoluta ha acompañado al ser humano desde hace siglos. Filósofos, religiones y sistemas de pensamiento han intentado responderla desde distintos ángulos, muchas veces llegando a conclusiones opuestas. Para algunos, la verdad es algo fijo, independiente del tiempo y de las personas; para otros, es una construcción que cambia según el contexto y la mirada desde la que se observa.

Desde ciertas posturas filosóficas, la verdad absoluta existe como una idea, pero es inaccesible en su totalidad. Lo que conocemos serían solo aproximaciones, interpretaciones parciales de una realidad más amplia. En cambio, otras corrientes sostienen que no hay una verdad única, sino múltiples verdades que coexisten, incluso cuando se contradicen entre sí.

Las religiones, por su parte, suelen afirmar la existencia de una verdad suprema, revelada y universal. Sin embargo, el hecho de que existan distintas religiones, cada una con su propio sistema de creencias y verdades fundamentales, plantea una paradoja difícil de ignorar: si todas afirman poseer la verdad absoluta, ¿cómo se explica que difieran entre sí?

La ciencia adopta una postura distinta. No suele hablar de verdades absolutas, sino de teorías que funcionan mientras no sean refutadas. Lo que hoy se considera verdadero puede ser revisado mañana a la luz de nuevos descubrimientos. En ese sentido, la verdad científica no es inmutable, sino provisional.

Ante este panorama, la idea de una verdad absoluta comienza a tambalearse. No porque sea imposible que exista, sino porque cada sistema que afirma poseerla lo hace desde sus propios límites. Y quizá ahí esté el punto clave: no en negar la verdad absoluta, sino en reconocer que nuestro acceso a ella, si existe, siempre estará mediado por la interpretación humana.

El problema de creer que poseemos la verdad

Creer que se posee la verdad absoluta puede resultar tranquilizador. Da una sensación de certeza, de seguridad y de control sobre lo que se piensa y se decide. Sin embargo, esa misma seguridad puede convertirse en un problema cuando deja de admitir la posibilidad de estar equivocados.

Uno de los primeros riesgos es el cierre al diálogo. Cuando alguien está convencido de que su visión es la única correcta, escuchar otras perspectivas deja de tener sentido. El intercambio se transforma en imposición, y la conversación pierde su función de comprensión para convertirse en una lucha por imponer una postura.

En la vida cotidiana, esto puede reflejarse en conflictos aparentemente simples. Discusiones familiares que se vuelven tensas porque nadie está dispuesto a ceder, relaciones personales que se desgastan porque una de las partes cree tener siempre la razón, o desacuerdos que se prolongan no por la gravedad del problema, sino por la incapacidad de reconocer otro punto de vista.

En un plano más amplio, la creencia de poseer la verdad absoluta ha sido históricamente una fuente de enfrentamientos, exclusiones y divisiones. Cuando una idea se considera incuestionable, cualquier diferencia puede percibirse como una amenaza. Así, el desacuerdo deja de ser una oportunidad de aprendizaje y pasa a verse como un error que debe corregirse o eliminarse.

Paradójicamente, aferrarse a una verdad absoluta no siempre fortalece las convicciones; muchas veces las vuelve frágiles. Al no permitir el cuestionamiento, se evita ponerlas a prueba. Y lo que no se cuestiona, difícilmente se comprende en profundidad.

Reconocer que nuestras verdades pueden tener límites no nos debilita. Al contrario, abre la posibilidad de diálogo, de aprendizaje y de relaciones más honestas, donde no se trata de ganar una discusión, sino de entender mejor al otro y, quizá, también a uno mismo.

¿Y si la verdad no fuera un punto, sino un proceso?

Tal vez el problema no esté en buscar la verdad, sino en creer que alguna vez se alcanza de forma definitiva. Pensarla como un punto final al que se llega puede llevar a la rigidez; pensarla como un proceso, en cambio, abre espacio para la revisión, el aprendizaje y el cambio.

Si la verdad se entiende como algo que se construye y se ajusta con el tiempo, entonces cuestionarla deja de ser una amenaza y se convierte en una herramienta. No para destruir ideas, sino para comprenderlas mejor. En ese sentido, dudar no es sinónimo de debilidad, sino de honestidad intelectual.

Aceptar que nuestras certezas pueden transformarse no implica vivir en la incertidumbre constante, sino reconocer que el conocimiento humano es limitado. Que lo que hoy consideramos verdadero puede ampliarse, matizarse o incluso cambiar mañana, sin que eso invalide por completo lo que creemos ahora.

Y ante todo esto, queda una pregunta abierta:

¿Estamos realmente interesados en comprender la verdad, o solo en sentir la seguridad de creer que ya la tenemos?

Tal vez no se trate de abandonar la búsqueda de la verdad, sino de asumirla con humildad, conscientes de que nuestras conclusiones siempre estarán influenciadas por el contexto, la experiencia y el momento desde el que pensamos.


Cada pregunta abre una nueva puerta… ¿te atreves a cruzarla?

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Cita en formato APA:
(2026, enero 29). Una reflexión sobre la verdad y la idea de lo absoluto. Interrogantes Infinitos. https://www.interrogantesinfinitos.com/2026/01/verdad-absoluta.html

El Conocimiento Nunca Descansa

Maribel Castañeda
Publicado por Maribel Castañeda

© 2026 - Licenciada en Historia del Arte y Filosofía. Escritora y Editora en Interrogantes Infinitos, donde busco desentrañar los significados ocultos detrás de lo evidente